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Miércoles 16 de junio de 2010.
Para Delia y Eu, valientes educadoras en la construcción de paz
La violencia que afecta desde afuera a la escuela es ocasión de revisar aquella que la afecta por dentro, como le comenté en el artículo pasado. Además de “bullying”, es decir, el hostigamiento con abuso físico, verbal y de actitudes entre los propios estudiantes, nos encontramos con el maltrato de los adultos a los niños, y la hostilidad entre los adultos.
No puedo evitar referirme a las prácticas abusivas de algunos maestros. Ya no es frecuente el maltrato físico, pero todavía las formas de proponer disciplina y llamar la atención están ligadas al trato áspero, al grito histérico y a la humillación pública y etiquetamiento de los alumnos inquietos o con bajo rendimiento.
Nuestros maestros frecuentemente no encuentran los elementos suficientes, ni en su formación inicial en las Normales, ni en la oferta de formación continua de cursos y talleres, ni en el apoyo de la supervisión o las unidades de apoyo para saber manejar estas situaciones. Algunos desde su perfil –no les gusta estar con niños o con adolescentes- y muchos en su preparación didáctica, no desarrollaron habilidades para manejar la dinámica grupal como una convivencia interesante, que despierta el apetito por el descubrimiento y que fija hábitos no a la fuerza, sino con la evidencia de su utilidad. Esto nos lleva a un cuestionamiento sobre la selección y preparación de los docentes. ¿Quiénes queremos que sean los maestros de nuestros hijos?
Pensemos en que, tristemente, para muchos el atractivo de ir a la Normal, comparada con la Universidad, era incorporarse a un sistema menos exigente intelectualmente y con el atractivo de asegurar una plaza vitalicia al terminar, sin tener que estar -como otros profesionales- demostrando desempeños continuos y en avance. ¿Es adecuado que una persona que no se lleva bien con los sistemas de aprendizaje esté al frente de un grupo escolar? Decía Matti Meri, director por muchos años de la Normal en Finlandia: “un maestro debe ser alguien que le gusta tanto aprender, y lo está haciendo todo el tiempo, que por eso puede conducir el aprendizaje de otros”.
Un último aspecto que le suma a la violencia escolar es el conflicto entre los adultos: no deja de haber escaramuzas con mamás sobreprotectoras y remilgosas, pero el grueso del conflicto está en las estructuras de trabajo de los adultos. Maestros y directores gastan energías preciosas cuando seguimos manteniendo un sistema en el que el avance profesional –y económico- del maestro está fuertemente condicionado por su pertenencia o apoyo a determinados grupos gremiales. Quedar bien, aguantar insolencias, hacer “grilla” o sufrirla, hacer trabajos que a uno no le tocaba… y ya no se diga firmar apoyos o acudir a reuniones son todos abusos que los maestros –en diversa medida, desde algo ligero aunque odioso, hasta imposiciones escandalosas- han de sobrellevar a diario. Mientras no contemos con un sistema de reconocimientos, promociones e incentivos que sea transparente, los maestros están sujetos a coacción, inquietos porque su mérito educativo puede no ser elemento a favor de su nivel de vida, incómodos con representaciones sindicales que los defiende en lo general y los oprime en lo particular.
Un caso extremo es el que lleva el conflicto de los adultos al espacio de la escuela, y lo niños aprenden que puede ser espacio del botín y de la agresión. En Michoacán ocurre el fenómeno del “paralelismo”: hay nombramientos de jefes de sector, supervisor, directores y maestros con la misma clave para dos personas. Este desajuste político y administrativo acaba convirtiendo a las escuelas en campos de batalla: dos directores en la misma escuela, con unos grupos apoyando a uno o a otro, una zona escolar dividida, con “tomas de escuela” por un bando u otro, o de plano nadie tiene clase, porque no hay un acuerdo…ah, claro, eso si no andan marchando en la Ciudad de México. Quemar una puerta o vandalizar edificios es ciertamente repudiable, pero la violencia en la misma escuela, insisto, es una contradicción intolerable; el patrimonio histórico no se compara con el patrimonio humano que nos estamos perdiendo en el conflicto.
¿Algunas propuestas? Es claro que nos falta avanzar en la investigación del fenómeno, pero sobre todo en la construcción de una red de apoyo para la educación sin violencia o, en positivo, para la paz. Necesitamos entender y tratar la dinámica familiar, reducir el espectáculo de la violencia en los medios, formar mejor a los maestros, liberarlos de un sistema que los tiene por el cuello… pero lo más importante es recordar que la escuela no tiene que repetir fatalmente un mundo de autoridades insensibles, líderes corruptos, padres golpeadores o narcos dementes; la escuela no tiene que ser el reflejo, sino el proyecto de una comunidad, una comunidad de paz, de respeto y de afecto.
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Realmente es de llamar la atención la violencia fisica y psicologica que esta sucediendo en los centros educativos. Su servidor es padre de dos niños, ellos van a escuela privada, pero eso no implica que esten libres de dichos peligros.
La escuela privada es creada gracias a que el Estado no tiene la capacidad de educar a toda su población, pensemos si dichas colegiaturas que pagamos sean totalmente deducibles de impuestos. Esto llevaria a que todo aquel que pueda y quiera mande a sus hijos a educacion privada, y con esto el estado pueda obtener mas capacidad en sus centros escolares.
Creo que parte del problema de la violencia es el sobre cupo en las instituciones de educacion publica.
Otra causal de violencia es la cantidad de horas que pasan nuestros niños frente al televisor. Los niños cuando esten en casa deben de estar jugando o bien haciendo actividad fisica.
El estado al obtener mayor capacidad en sus centros escolares podran tener mayores espacios abiertos para hacer actividad fisica.
Los padres de familia somos parte fundamental de esta crisis escolar, estamos sumergidos en nuestras labores y dejamos a otros la educacion de nuestros niños.
Recuerden en la casa se educa, en la escuela se instruye y en el trabajo se forjan
Muchos saludos desde Guadaljara, tierra de progreso.
v. cistero